Reseña
por Alejandra Arreola
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En la exposición colectiva Deseos Diferentes, curada por Dorothée Dupuis, participan diez artistas que nacieron o habitan en México, y ellas son: Claribel Calderius, Nicole Chaput, Débora Delmar, Elsa-Louise Manceaux, Melanie McLain, Adeline de Monseignat, Sofía Moreno, Berenice Olmedo, Athenea Papacostas y Paloma Rosenzweig. Esta muestra confirma que los feminismos amplían horizontes e incentivan modos distintos de concebir cuerpo, lenguaje y mundo, a la vez que abren puertas a los deseos por venir.
El texto curatorial menciona que los logros sociales impulsados por los movimientos por la igualdad de género en los años setenta como el derecho a la elección reproductiva, la igualdad laboral y el reconocimiento del consentimiento, se han normalizado hasta integrarse casi de manera incuestionable en la vida social. De inmediato surgen las preguntas: ¿Logros sociales normalizados en dónde? ¿En regiones específicas de Europa o Estados Unidos? y ¿Para qué clases sociales?
Dolorosamente, en Jalisco, territorio en el que se presenta la muestra, se viven realidades donde ninguno de esos “logros” se da por sentado. Aquí, la despenalización del aborto se legisló hasta octubre de 2024. Esa legislación llegó demasiado tarde, Jalisco es una de las regiones con mayor número de madres niñas y adolescentes en el país. En cuanto a situación laboral, mujeres y hombres viven una batalla difícil donde solamente el diez por ciento de las personas que trabajan percibe un salario mensual mayor a nueve mil pesos mensuales (500 USD), circunstancia que impide la posibilidad de tener una vivienda propia.

Después de cruzar la ardiente explanada de concreto que conduce a la entrada del museo entré a la exposición con muchas ganas de conocer el trabajo de estas artistas. Al inicio, el golpe de color en las pinturas de Nicole Chaput me atrajo instintivamente, de sus mujeres-monstruas saltan huesos, tripas, trenzas, listones, tetas, pezones y moños. Las glándulas mamarias mutan en aves que gotean líquidos fosforescentes, pensé en la dura vida de las abuelas que fueron rehenes-máquinas-reproductoras-sin descanso. Pero estas coloridas mujeres de costillares expuestos remiten a otras frecuencias vitales; la monstrua que enmarca cada pieza alberga otras monstruitas al interior.
A veces hay que volverse monstrua para romper el propio costillar, ese corsé mental que diseñaron otros y busca asfixiarlo todo. Las glándulas mamarias son posibilidad, no están forzadas a dar leche-leche. Todo en lo que ponemos nuestra atención nos nutre: las conversaciones, la palabra, la compañía y los encuentros; las pinturas de Nicole Chaput también son leche.
Desde que pongo alpiste en el patiecito, las mañanas se llenan de petirrojos. Imagino a Nicole preparando los colores para sus pinturas, mientras abre las glándulas de la atención y da paso a nuevas monstruas.
La siguiente sala contiene las piezas de gran formato pintadas en acrílico y bordadas sobre yute de Claribel Calderius, las cuales muestran al cuerpo como un territorio inmenso, interconectado con vías y caminos terrestres, cuerpo-encrucijada infinita. Quizá la encrucijada de la creación se parece mucho a ponerse un traje poroso como el yute que nos permite invocar la poesía y el territorio sano que nos falta.

Junto al umbral se asoma la máscara emplumada de Sofía Moreno y un video, a través del cual es posible ver la performance que realizó al centro de la sala donde hubo fruta y flores moradas. Hubo, porque ya no son moradas y están secas. Ahí recordé la pregunta que me hace una querida amiga transgénero: ¿Si sabías que te vas a morir, verdad?
En la esquina de la sala hay una instalación con jeringas enterradas a muro. Las visitantes las miran con extrañeza, como si los desechos tóxicos ultracontaminantes fueran algo raro, cuando no lo son. En Jalisco el agua pasó de ser un elemento que sostiene la vida a un veneno cargado de metales pesados que provoca enfermedades renales, cáncer y la muerte de diversos ecosistemas.

En la performance ritual de Sofía se invoca el retorno de una ancestra del más allá. ¿Cuántos rituales, cuántas transformaciones singulares y colectivas debemos realizar para que vida y muerte dejen de ser recursos explotables que enriquecen a los empresarios del mundo? Lo vivo se extiende, ramifica, alimenta, convive y muere en relación con todo. En los restos de la performance y entre el lodo seco crece un brote pequeñito de hierba. El diseño sonoro del video es hipnótico, fantasmal, me dejó con una sensación rítmica y despierta que debe continuar.

Las frases leídas en el video de Athenea Papacostas Las lectoras se fueron colando entre mis pensamientos mientras recorrí el resto de la exposición, su video muestra a mujeres leyendo y el sonido interno que las lectoras emanan conforme leen. Me gustó recorrer el espacio mientras todo se mezclaba de manera caótica: ruido, esculturas, recuerdos, frases de amigas, la sensación de su presencia; momentos ligados a libros y lecturas.
Recostarse y leernos es motivo para seguir existiendo, el organismo lectura-amistad es cálido y nómada: cuántos libros hemos cargado, empacado, buscado entre calles nuevas y desconocidas, donde las personas nos abren sus casas o librerías y se convierten en techitos de amistad donde dormir, bañarnos, beber y seguir leyendo.
La voz de Alejandra Mosig, lectora participante en la pieza de Athenea, es agradable y suave en la cuenca de mis oídos, una amiga percibe que la voz –ritmo, música, tono y volumen– le resulta más atractiva que la imagen de las personas. Aprendimos a hablar hace siglos para elevar plegarias y comunicarnos. Este es el sueño del arte: activar hechizos. Leer es una magia suave, rica y ociosa donde entramos en contacto con vivas y muertos.

La magia también se hace presente sin necesidad de leer textos o largas fichas técnicas y sucede así, sin que nos expliquen las cosas. Sin el regalo envenenado del lenguaje verbal, las formas se manifiestan y se descubren entre ellas: así lo expresan las esculturas-larvas-existencias-latentes de Adeline de Monseignat; criaturas que se yerguen una frente a la otra, en diálogo y atracción, que adoptan formas juguetonas, que se enciman unas sobre otras, aunque posean propiedades matéricas: bronce, ónix, fibras y espiritualidades distintas.
En la última sala, se manifiestan los seres mutantes de Berenice Olmedo: cuerpos en torsión, remendados, flexibles, mates y traslúcidos. La luz los atraviesa y se pueden ver los haces que penetran su interior y siguen su camino hacia fuera. Esa luz refleja características de la existencia trans: manera migrante y eléctrica de estar en el mundo, deshaciendo y componiendo nuevas estructuras; la vocación viva de cambiar siempre. Las esculturas que Berenice crea tienen un carácter valiente y excéntrico. La más cercana a la puerta de salida proyecta una lucecita naranja que escapa desde el interior de su cuerpo.

Al dejar la sala me senté en la fuente circular del patio del museo; el agua transforma los espacios, el flujo vital acaricia y revitaliza el alma. Visitar el Cabañas este año es atestiguar la eliminación de las fuentes enormes que se ubicaban en la explanada, al frente, con el fin de convertirse temporalmente en zonas FIFA y de paso desplazar y correr a las personas en situación de calle. Para hacer negocios, proyectando cuatro partidos de fútbol se destruyeron las fuentes-albercas que por décadas fueron una fiesta acuática donde las personas podían bañarse, refrescarse y disfrutar del chapoteo.
Es la voz de Karina Aranda, en la pieza Las Lectoras, quien nos acerca las reflexiones de James Baldwin: “cualquier territorio se ve amenazado siempre”.
— Alejandra Arreola
Publicado el 15 abril 2026